sábado, 2 de fevereiro de 2013

Iván Vallejo: “Intento disfrutar de lo que tengo y de lo que hago”

El alpinista ecuatoriano recuerda en esta entrevista sus Catorce, cuenta cómo vive actualmente la montaña y adelanta algunos de sus objetivos de futuro, entre los que figura el regreso a los ochomiles.
Desnivel.com - Lunes, 10 de Diciembre de 2012

Iván Vallejo (Darío Rodríguez / Desnivelpress)
Iván Vallejo, el más grande alpinista ecuatoriano, cerró su particular cuenta de los catorce ochomiles el 1 de mayo de 2008, cuando alcanzó la cima del Dhaulagiri en compañía de Edurne Pasaban. Fue el decimocuarto ser humano en escalar las catorce montañas de más de 8.000 metros del planeta, y el séptimo en lograrlo sin utilizar oxígeno artificial. Desde entonces, su participación en expediciones se ha explicado más por su ejercicio como guía de montaña que por el hecho de perseguir proyectos y objetivos propios, y prácticamente ha dejado de aparecer en las noticias especializadas de alpinismo.

Hasta este año, cuando su nombre ha vuelto a figurar en una expedición a uno de los colosos de más de 8.000 metros, el Manaslu. Pero no lo ha hecho sólo como alpinista, sino como jefe de expedición en el primer ochomil del proyecto Somos Ecuador, que persigue el desarrollo del alpinismo ecuatoriano a través de expediciones nacionales a las grandes montañas del planeta. Allí ha vivido, una vez más, las luces y sombras del himalayismo, con la trágica avalancha que terminó con la vida de 12 personas, seguida unos días después por la cumbre de ‘sus chicos’ Oswaldo Freire, Carla Pérez y Esteban Mena.

Aprovechamos su participación en un evento en la librería Desnivel de Madrid para charlar con él. Como siempre, lleva su sonrisa por bandera y se expresa educadamente, con exquisitez en las formas y profundidad en el mensaje. Todo un caballero.

¿Quién es Iván Vallejo después de los Catorce?

Pretendo ser el mismo Iván Vallejo de siempre, cuya razón de ser es el entusiasmo por hacer las cosas. Las pequeñas cosas cotidianas, las más grandes o las expediciones. En su conjunto, la vida es maravillosa, e intento mantenerme en eso, en disfrutar de lo que tengo a partir de la salud, que es lo primero. Puedo correr el riesgo de perder el encanto de las cosas que se van haciendo continuamente en el día a día, y ese es un riesgo muy alto. Es decir, un médico, a fuerza de ir cada día al hospital, podría correr el riesgo de perder la ilusión… A fuerza de ir tantas veces al Cotopaxi con la gente a la que guío, yo podría correr el riesgo de no ir con el mismo encanto al Cotopaxi.

Quizás, y eso sí es un cambio importante, voy un poco más relajado, porque antes estaba pendiente de un objetivo que cumplir. Si fallaba un ochomil, sabía que tenía que poner la hoja a cero y volver otra vez. Ahora no, he disfrutado muchísimo escalando por todas las partes del mundo: he vuelto a Perú, he vuelto a Bolivia, he estado en Alaska, he estado en Kirguistán un par de veces, he escalado bastante en los Alpes y ahora he regresado de Nepal donde he estado apoyando a los chicos ecuatorianos que lograron el Manaslu.

En el Manaslu, coincidiste con la tragedia de la avalancha que acabó con la vida de 12 personas, ¿qué reflexión haces al respecto?

El año pasado, un guía de montaña ecuatoriano amigo mío que estaba guiando para Russell Brice, me compartió unas fotografías de su expedición al Manaslu y la verdad es que fue una gran sorpresa. En la fotografía había unas 25 personas de camino a la cima del Manaslu, que es pequeñita, pequeñita, con lo que ya se podía intuir que iba a ser difícil que esas 25 personas hicieran cima en el Manaslu. Ahora que he vuelto a la montaña, me he vuelto a sorprender porque me he encontrado con unas condiciones totalmente distintas a las de cuando estuve yo en 1997 con Kari Kobler. Entonces éramos dos expediciones: una de dos japoneses y la otra, que éramos nosotros, de siete miembros, es decir, que entre el staff de las dos expediciones y los escaladores éramos como máximo 15 personas. Ahora, con el tema del accidente, fui en helicóptero y, buscando el sitio para aterrizar, se me abrieron los ojos como platos: eso era como una ciudad, con cientos de tiendas y con muchísima cantidad de gente (250-300 personas).

Obviamente, esto conlleva ciertas complicaciones y –con mucho respeto por la gente que participa en expediciones comerciales- la gran mayoría no es gente que tenga filosofía de montaña. Hay una parte de gente que va a la montaña porque lo ve como un logro necesario… Luego se genera como una desesperación por llegar antes y encontrar el mejor sitio para montar las tiendas… Es una sensación bastante incómoda. También sucede que el contacto entre la gente que estamos en la montaña pasa a ser muy superficial, epidérmico, mientras que cuando estuvimos en 1997 llegamos a tener una buena amistad.

Me resulta curioso que el Manaslu se sitúe como objetivo de expediciones comerciales. A raíz de lo que viví allí, hice una revisión y vi que, claro, es que no quedan montañas con un objetivo comercial en Nepal (con el Cho Oyu ‘eliminado’, quedan Annapurna, Dhaulagiri, Kangchenjunga y Makalu, que son imposibles). Pero es que el Manaslu es una montaña de mucho riesgo: es conocido que hay avalanchas a menudo, pero cuando hay esta cantidad de gente las repercusiones pueden ser mucho más grandes. Y el hecho de que coincidan varias expediciones y las expediciones comerciales hace que haya como un apuro de ir más rápidos, llegar antes, el tema de las cuerdas fijas… y eso coarta la libertad de agenda de la gente. En definitiva, la gran cantidad de gente que fue al Manaslu fue la razón que provocó que hubiera una cifra tan alta de muertes.

Otro ochomil masificado es el Everest, ¿qué piensas de las acumulaciones de gente que se vieron en fotografías de la pasada primavera?

En 1999 subí al Everest por el lado norte y disfruté muchísimo. Hubo también expediciones comerciales, como la de Russell Brice, pero en la cumbre fuimos diez personas como máximo, lo que me permitió disfrutar de la cima. Sin problemas.

En 2001, que fue la segunda vez que subí sin oxígeno, lo hice por la vertiente nepalí y ya me di cuenta de la complicación que podría ser la concentración de más gente en la arista final. Y entendí perfectamente lo que ocurrió en 1996. Cuando llegué al escalón Hillary, no me tocó esperar mucho tiempo (había 4-5 personas delante de mí), pero recuerdo haber pensado que si hubiera tenido que esperar por 15 o 20 personas hubiera sido dramático. Con las fotos que vi de la temporada pasada, es muy complicado, porque el tramo desde la Cima Sur hasta la cima es una arista muy delgadita, con una sola vía, que se puede convertir en una trampa mortal.

Eso es lo que está ocurriendo, pero no podemos hacer nada, no lo podemos impedir porque la montaña no nos pertenece y cada gobierno hace lo que considera con los permisos.

¿Has utilizado algún sistema para completar los catorce ochomiles con todos los dedos de los pies y de las manos intactos?

Creo que aportó mucho el hecho de haber sido muy disciplinado con el entrenamiento y con la forma de vida que llevaba (la comida, etc.). Por lo que he visto en la montaña, creo que el riesgo de congelaciones se acentúa cuando el montañista está agotado. En mi caso, como en el caso de Silvio Mondinelli o de Gerlinde Kaltenbrunner, hemos estado muy preocupados por el tema de la preparación, lo que ha permitido que el cuerpo funcione bien… y también hemos tenido la suerte de estar en buenas condiciones. Por otro lado, también he sabido darme la vuelta cuando ha sido necesario.

¿Qué valoración haces de haber subido los catorce ochomiles? ¿De cuáles guardas un mayor recuerdo?

Me siento muy afortunado de haber terminado los catorce ochomiles y de haber subido 16 ochomiles –repetí el Broad Peak acompañando a Edurne Pasaban y el Everest porque me hacía mucha ilusión hacerlo por el lado nepalí. Y me siento muy afortunado porque, de esos dieciséis, hubo catorce me salieron a la primera. En los que tuve que intentarlo varias veces fueron el Kangchenjunga y el Dhaulagiri.

En el Kangchenjunga, lo intenté por primera vez en 2002, cuando hice dos intentos de cima y llegué en ambos a los 8.000 m pero tuve que regresar porque el clima se estropeaba enormemente. Luego volví en 2006, cuando fue muy duro porque habíamos realizado dos intentos anteriores y en el segundo llegamos con Juan Vallejo, Mikel Zabalza y Josua Bereziartua a 8.350 m (a unos 200 m de la cima), pero vino una tormenta y nos tocó bajar. Es una de las veces que más frustración he tenido, y literalmente lloré de la frustración y del coraje. Estuve a punto de dejarlo todo, pero logré animarme para hacer un tercer intento, me uní a Joao Garcia y logramos la cima. Es una de las cimas que más me he emocionado, porque precisamente la logré en mi quinto intento.

El Dhaulagiri es una montaña bastante complicada. Mi primer intento lo hice en la primavera de 2005, cuando escalé con Iñaki Ochoa y nos quedamos a 7.850 m y nos tuvimos que bajar. Volví en otoño de 2006 y me fue peor, con unas condiciones malísimas, con placas de 80 a 90 cm ya en el C2 (6.250 m). Lo conseguí en el tercer intento, que fue en el que conseguí terminar los catorce ochomiles, el primero de mayo de 2008.

Esos dos ochomiles fueron los que dieron el matiz de la derrota, y me obligaron a superarlo, poner la página a cero y volver otra vez. Obviamente, lo que más le cuesta al ser humano es lo que más recuerdo le deja, y ese ha sido mi caso con el Kangchenjunga y con el Dhaulagiri.

¿Cuál es tu libro de montaña favorito?

Las preguntas así, tan taxativas, no me gustan porque por nombrar uno te dejas otros muchos. Así que contaré los que más me han marcado. El primero fue Annapurna primer ochomil, un relato épico maravilloso de Maurice Herzog. Luego me gusta muchísimo el libro de Georges Sonnier La montaña y el hombre; me encanta este libro porque mezcla la necesidad de aventura del ser humano con la filosofía de montaña que a mí me gusta y vuelvo muchas veces a él. Luego me gustó muchísimo leer Everest sin oxígeno de Reinhold Messner; en ese momento no sabía que yo iría en algún momento al Everest, pero me gustó mucho la filosofía y el principio que le puso para ir al Everest sin tanque de oxígeno, y lo tengo subrayado.

¿Cuál es el ochomil en el que más has disfrutado?

Hay dos muy importantes. Está la cima del Kangchenjunga, que la logré un 22 de mayo a las cinco de la tarde a 8.586 m en mi quinto intento en total, y teniendo en cuenta que 72 horas antes había decidido dejarlo todo. Conseguí darle la vuelta a la frustración y logré la cima. Era una tarde preciosa, con todas las nubes abajo, con las cimas del Everest, Lhotse y Makalu delante y una luz maravillosa. Alcé los brazos, me arrodillé y lloré. Un recuerdo maravilloso, de mucha gratitud con la vida.

Luego fue la cima del Dhaulagiri, que compartí con mi queridísimo Ferran Latorre, porque en los últimos 10 metros era consciente de que iba a terminar mis catorce ochomiles. Ferran además me dijo “anda, llega tú primero, que es tu gran objetivo”. Cuando llegué a la cima, lloraba abiertamente y Ferran me acogió en los brazos, entendía la emoción que sentía y se contagió y lloró conmigo. Levanté los brazos y giré 360º dando las gracias a dios y a la vida.

Y no quiero dejar la sensación maravillosa que fue para mí mi primer Everest, que significó luchar mucho, porque no teníamos auspiciantes, porque en momentos no sabía si iba a salir la expedición, y en la parte final fui igual de consciente, cuando me faltaban pocos metros para la cumbre. Me tocó muchísimo. Así que me quedo con estas tres cimas, con estos tres recuerdos.

Eres muy emotivo en tus cimas, expresando tus emociones llorando a menudo en ellas…

Ventajosamente, me he permitido desarrollar esa parte afectiva de mi persona, quizás porque lo vi en mi familia, quizás porque nací un 19 de diciembre y soy sagitario, quizás porque soy chancho de tierra en el horóscopo chino, pero soy muy feliz de expresar. Creo que es valioso que el ser humano se de esa opción de expresar lo que siente, que puede ser con un abrazo, con un saludo, con una expresión y cuando el momento lo merece, llorando. Yo personalmente no me guardo ni una lágrima de felicidad porque me parece una manera preciosa de agradecerle al universo. Y al final, un ochomil no lo subes cada fin de semana.

¿Tienes pensado volver a los ochomiles?

Creo que volveré para subir el Nanga Parbat por la vertiente del Rupal, que siempre me pareció un reto muy exigente. Si se dan las condiciones, estoy bastante seguro que volveré con el equipo Somos Ecuador, con quienes estoy ahora escalando y me gustaría un ochomil por una vía nueva. Esto es lo único que me atrae. El año que viene, con el equipo Somos Ecuador, los chicos van a subir el Everest; yo les acompañaré hasta montar los campamentos pero no más.

¿Por qué no subiste a la cima del Manaslu con el equipo Somos Ecuador esta vez?

Inicialmente, tenía planificado subir a la cima y me hacía ilusión por recordar cuál fue el proceso de mi primer hace muchísimos años. Pero por un tema familiar al que tenía que dar prioridad, renuncié a la cima.

Por: M.Marques